
Panamá · 1854
Matachín
En 1854, en un pantano de Panamá, los trabajadores chinos de un ferrocarril empezaron a quitarse la vida, uno tras otro. Nadie se pone de acuerdo en cuántos fueron. Ni en qué los llevó a hacerlo.
Ver el corto¿Qué los llevó a eso?
Habían cruzado medio mundo para tender un ferrocarril a través de la selva. Estaban atados por una deuda que no podían saldar, sin nadie que hablara su lengua y sin un camino de regreso. La fiebre los mataba —más rápido que a cualquier otro grupo—, pero muchos no esperaron a la fiebre.
Uno tras otro, empezaron a quitarse la vida. No fue un brote de locura, sino una decisión repetida, tomada por hombres a los que casi no les quedaba nada. La pregunta que dejaron —y que este relato no cierra— es qué hay que quitarle a un hombre para llevarlo hasta ahí.

Su contrato prometía opio
Muchos ya eran consumidores antes de embarcar; en su tierra el opio era casi tan común como el té. Por eso figuraba en el contrato, junto a la comida: la única forma de sostener semanas de ochenta horas de trabajo, y el único consuelo de estar tan lejos.
Un día, el suministro se cortó. Por moral o por dinero —las fuentes no coinciden—, a hombres ya quebrados les quitaron lo último que los sostenía. La abstinencia hizo el resto.

El pueblo ya se llamaba así
Matachín —el matarife— aparece en los mapas desde 1678, dos siglos antes de que llegara el primer chino. Nadie lo nombró por ellos. El azar ya había escrito el nombre exacto.
Medio siglo después, el pueblo entero quedó bajo el agua del Canal. El lugar fue borrado dos veces: su nombre, por el mito; su suelo, por el lago.

«Un hombre puede morir dos veces. La primera, cuando el cuerpo cae. La segunda, cuando ya no queda nadie que lo llame de vuelta.»
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